Teófimo López, el chico hondureño que destronó a Lomachenko, es un pichón de Mano de Piedra Durán

Teófimo López, el chico hondureño que destronó a Lomachenko, es un pichón de Mano de Piedra Durán

Tiene 23 años, apenas 16 peleas como profesional, es el nuevo campeón mundial de peso ligero y produjo la sorpresa pugilística del año al vencer al mejor boxeador de la actualidad libra por libra. El único que confiaba en él era su padre –y técnico a la vez– que quiso impedir su casamiento antes de la pelea y por ello estuvieron meses sin hablarse. Su historia se asemeja a la ficción

Es cada vez más frecuente que la promocionada “Pelea del año” –que son muchas– resulte una frustración.

Al mismo tiempo un combate de boxeo sin público es como una filarmónica sin violines: falta el sonido armonioso, la melodía incorporada al ensueño de la obra, el “fortíssimo” de la gente que impulsa a los peleadores y dramatiza el espacio.

La presencia del público y su expresividad son parte del espectáculo en el deporte profesional que fuere; lo otro es llevar a cabo la competencia deportiva exenta de emoción; y sin emoción, no hay show. En la historia del boxeo, el público también ha “peleado” al poner sus acelerados corazones en la piel y en las células de los extenuados contendientes.

Hace ocho días Teófimo Andrés López Rivera cumplió su “sueño imposible” al vencer por decisión unánime al ucraniano Vasil Anatoliyovich Lomachenko, quien era considerado por la revista The Ring como el mejor boxeador de la actualidad libra por libra.

Fue de tal manera que Teo López de 23 años, nacido en Brooklyn, Nueva York, quien se considera hondureño y prefiere que lo consideren como tal –es el país de origen de sus padres– se convirtió en el nuevo campeón mundial de peso liviano reconocido por las cuatro instituciones universales del boxeo: CMB, AMB, OMB y FIB.

A medida que transcurrían los rounds vi en él atisbos actitudinales que me recordaron a uno de los más grandes campeones de la historia, el panameño Roberto Mano de Piedra Durán. Su ataque sostenido, la posición frontal pendulante, la determinación irrenunciable a no retroceder ni ser encimado, el achique de los espacios para evitar los contragolpes y sus desplazamientos dinámicos y cambiantes, me recordaron al triunfo de Durán contra Sugar Ray Leonard en Montreal. Eso ocurrió hace más de 40 años y constituyó una de las más grandes sorpresas de la historia del boxeo mundial. Por cierto que aquel también resultó un fallo cerrado y generó una polémica aún inconclusa, como todas las que origina la apreciación del boxeo. Al igual que ahora se valoró a quien más trabajó sobre el ring, a quien siempre demostró querer ganar; acaso a quien impulsó la incomparable fuerza que impulsa el “hambre”, la sed de triunfo, la única –y por lo general– última chance.

Por cierto que la derrota de Lomachenko, un bicampeón olímpico y tricampeón mundial, un “indestructible” a quien parecía imposible vencerlo, logró mutar objetivamente el leitmotiv del marketing y transformar la prometida “pelea del año” por “el resultado inesperado del año”; un hecho parecido al de Leonard-Durán ocurrido el 20 de Junio de 1980 aunque aquel lo superó ampliamente en el nivel técnico y en el compromiso de los dos peleadores.

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