Graciela Fernández Meijide: memoria, dolor y lucha a 50 años de la desaparición de su hijo
A cinco décadas de la última dictadura militar, la ex integrante de la CONADEP recuerda el secuestro de su hijo Pablo en 1976, su incansable búsqueda de respuestas y el impacto emocional de la tragedia: “Solo podía dormirme cuando les metía un balazo a los miembros de la Junta, era mi rivotril”, confiesa.

A los 95 años, Graciela Fernández Meijide mantiene viva una historia atravesada por el dolor, la memoria y la lucha. Tenía 45 cuando, en la madrugada del 23 de octubre de 1976, un grupo de tareas irrumpió en su casa del barrio porteño de Belgrano y se llevó a su hijo mayor, Pablo. “Venga con nosotros”, le ordenaron. Nunca más volvió.
Aquella noche marcó un antes y un después en su vida. Desde entonces, emprendió una búsqueda incansable que la llevó a recorrer comisarías, ministerios e iglesias, en un intento desesperado por saber qué había pasado con su hijo. Con el tiempo, ese camino la acercó a espacios clave en la defensa de los derechos humanos, como la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas.
El contexto en el que ocurrió la desaparición de Pablo fue el de la última dictadura militar argentina, iniciada con el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. A diferencia de interrupciones institucionales anteriores, Meijide destaca que este régimen implicó un proyecto político y económico más profundo, con la participación de las tres Fuerzas Armadas y un sistema de represión clandestino que dejó miles de desaparecidos.
Durante los primeros años, el desconocimiento social y el miedo marcaron el clima de época. “La sociedad no lo sabía y se defendía con frases como ‘por algo habrá sido’”, recuerda. Sin embargo, el paso del tiempo y el testimonio de sobrevivientes permitieron reconstruir lo ocurrido en centros clandestinos de detención.
La desaparición de su hijo alteró por completo su vida cotidiana. “No podía pensar en otra cosa”, relata. Dejó su trabajo, descuidó su alimentación y vivió enfocada únicamente en encontrar respuestas. Incluso el vínculo con sus otros hijos se vio atravesado por esa ausencia. “En ese momento es ‘el’ hijo”, explica.
En medio del dolor, también hubo lugar para pensamientos extremos. “Solo podía dormirme cuando les metía un balazo a los miembros de la Junta. Era como mi rivotril”, confiesa, describiendo el nivel de angustia que atravesaba. Con el tiempo, esa fantasía de venganza se transformó en otra: la de lograr justicia. “Los voy a meter presos”, se repetía.
Esa convicción encontró un cauce concreto en su trabajo dentro de la CONADEP, organismo creado durante el gobierno de Raúl Alfonsín, que recopiló testimonios fundamentales para el histórico Juicio a las Juntas. Allí, Meijide fue parte de la reconstrucción de los crímenes de la dictadura, escuchando relatos de sobrevivientes que incluso regresaron a los lugares donde habían sido torturados para aportar pruebas.
“Cuando el hecho se cuenta y se prueba, existe”, afirma. Esa tarea quedó plasmada en el informe “Nunca Más”, un documento clave para la memoria colectiva del país.
A pesar de los años, hay una herida que permanece abierta. “Si hay algo que quiero todavía es saber”, dice. La figura de su hijo sigue presente en sus sueños, en los recuerdos y en cada paso de su militancia.
La historia de Graciela Fernández Meijide no es solo la de una madre que busca a su hijo, sino también la de una mujer que transformó el dolor en acción y que contribuyó a que la Argentina pudiera juzgar uno de los capítulos más oscuros de su historia reciente. A medio siglo del golpe, su testimonio sigue siendo un llamado a la memoria, la verdad y la justicia.
Fuente: Infobae





